
Pocas palabras bastan para decir aquello que el espíritu vive pero hace falta más que eso, más que palabras, más que artificios ideados por el hombre para poder explicar un sentimiento.
Cuando las voces se elevan los corazones se quiebran, las almas se entristecen y todo se tiñe de negro bañándose en lágrimas saladas. En estos momentos las palabras no se las lleva el viento, sino que se quedan grabadas a fuego en el cerebro, incrustadas en el pecho de tanto sacar posibles significados anexos a lo que realmente dicen las palabras.
Las voces se elevan, las teclas suenan más rápido, se oyen gritos, se borran frases que no se quieren decir. Todo para romper la estabilidad que había hasta el momento... ¿y de qué sirve? de nada, solo para que haya más malentendidos y todo termine aun peor.
Es un veneno que corre por dentro de quien le vive consumiéndole, matándole un poco. Las palabras se las lleva el viento, si, pero aquello que implican las palabras, eso no se va, aunque su significado no fuese originalmente aquel que hemos dado a nuestro parecer.
Malentendidos a través de ordenadores, despistes que salen caros, vueltas en la cabeza a las mismas ideas... el mismo momento segundo si, segundo también.
Los errores a veces se pagan caros, más de lo que quisiésemos...
¿mi error? no demostrarte de forma correcta todo lo que siento por ti para creer que pueda hacer eso que piensas...
te dije que nunca estarías solo y aunque me deje la piel en ello cumpliré aquello que te dije... así que confía en mi...
Perdona por explicarme mal... pero tú eres clave en mi vida y nunca seré tan rastrera para abandonarte, no desconfíes, no de mi... sabes que no te daré motivos de lo contrario.

