
Érase una vez un gatito indefenso. Vagaba por el mundo buscando un hogar ya que era un gato callejero pero nadie quería estar con un espíritu libre, con alguien a quien no poder controlar.
Tuvo muchos dueños, pero con todos terminaba igual: otra vez en la calle.
Todos querían domesticarle, todos querían minar su libertad.
Es muy fácil acariciar a un gato, pero es muy difícil no querer domesticarlo.
Estando en la calle también tenía gente que al verle se paraban a acariciarle pero solo con caricias no podía alimentarse. Eso estaba muy bien claro, los mimos siempre son bien recibidos, pero no era suficiente.
Además el pobre gatito estaba solo y necesitaba de compañía.
Hace un tiempo conoció a un dueño distinto: le trataba bien, le alimentaba, le cuidaba y le acariciaba... era todo lo que él quería pero había algo que no cuadraba: el dueño también era un espíritu libre.
Eran tan distintos que o estaban siempre bien, o estaban siempre mal.
Y hubo un día en que el gato se tuvo que ir de la casa.
Al tiempo el dueño encontró otro gato a quien cuidar, pero ya no era lo mismo... no era su gato... era tan distinto que un día empezó a buscar a su gato hasta que le encontró de nuevo y volvió a cuidar de él pero tampoco era lo mismo... también estaba cuidando del otro gato.
Uno sabía que estaba mimando a los dos, el otro no, pero se temía que así fuese...
Hasta que llegó un día en que no sabían que hacer.
-Mi gatito, ¿qué vamos a hacer?
-Miaaaaaau
-Suicidémonos... juntos.
Hay historias de amor que no se sabe si son imposibles o simplemente son más que todo eso.

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